No escribir una elegía.
No creo en la justicia de las palabras, y ni siquiera sé si creo en la justicia.
Quiero escribir y contar cómo fue tu vida. Que fue cortita, que estuvo llena de dolor.
Que fuiste un ángel y llenaste de amor las vidas de los que te conocieron.
Que nunca van a alcanzar las fotos, las anécdotas, los sueños.
Que tenías los labios más rojos, los ojos más verdes, más celestes, más grises.
Que tenías ojos de nácar.
Tu nariz era un pompón, un capullo como un algodoncito y tu sonrisa era más inocente que cualquiera de las otras sonrisas. Tu sonrisa era blanca, suave y chiquitita.
Pero estabas tan cansada...
No puedo llenar con palabras la enormidad de tu existencia. No puedo destejer tu belleza y hacerla letras, para que te lean los que no pudieron ver a tiempo la infinita luz en la que nos bañabas.
Necesitabas, ya, ir a descansar.
No sé cómo terminar algo que no quiero que termine. Es demasiada responsabilidad, como si con mi punto final fuese a dejarte, finalmente, ir. Como si con mis últimas palabras pudiese darte paz.
O encontrarla para mí.
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martes, 8 de abril de 2014
sábado, 24 de agosto de 2013
Memento mori
La espera eterna, la anticipación del momento en el que todo cobre sentido, es una fantasía que la ilusión prefiere.
Ambay dio la vuelta, cerró la puerta mirándome a los ojos, y enfiló hacia nunca supe dónde, sin voltear la cabeza una última vez para ver lo que dejaba tras de sí. De su mirada recuerdo la luz, el iris azulado y los ojos celestes, toda su dureza y su ternura y la sonrisa que dejaba traslucir, a pesar de que sus labios jamás la dibujaron del todo. Esa fiereza que la caracterizaba, menos amenazante que atemorizada, era lo que me mantenía cerca suyo.
Cuando la conocí era una sirena enajenada, cantándole a los cielos porque nadie más oía. Era solitaria pero sociable, y nunca declinaba una invitación cordial si había música y vino. No hablaba mucho, y cuando lo hacía dejaba en claro su reticencia a dar opiniones sobre lo que ignoraba, que era - esta frase late en mi recuerdo con la suavidad de su voz - "todo salvo escuchar".
No me gustan los relatos; los evito cuando puedo y no espero que nadie quiera escucharlos de mí. Ambay se fue y yo supe de inmediato que mis retratos serían, de ahí en más, figuras inmóviles en sepia, como caen de sepia las hojas en Abril.
En el final, en ese último momento, ningún viento dejó de soplar. El segundero del reloj siguió corriendo y la música del mundo no se detuvo.
Ambay dio la vuelta, cerró la puerta mirándome a los ojos, y enfiló hacia nunca supe dónde, sin voltear la cabeza una última vez para ver lo que dejaba tras de sí. De su mirada recuerdo la luz, el iris azulado y los ojos celestes, toda su dureza y su ternura y la sonrisa que dejaba traslucir, a pesar de que sus labios jamás la dibujaron del todo. Esa fiereza que la caracterizaba, menos amenazante que atemorizada, era lo que me mantenía cerca suyo.
Cuando la conocí era una sirena enajenada, cantándole a los cielos porque nadie más oía. Era solitaria pero sociable, y nunca declinaba una invitación cordial si había música y vino. No hablaba mucho, y cuando lo hacía dejaba en claro su reticencia a dar opiniones sobre lo que ignoraba, que era - esta frase late en mi recuerdo con la suavidad de su voz - "todo salvo escuchar".
No me gustan los relatos; los evito cuando puedo y no espero que nadie quiera escucharlos de mí. Ambay se fue y yo supe de inmediato que mis retratos serían, de ahí en más, figuras inmóviles en sepia, como caen de sepia las hojas en Abril.
En el final, en ese último momento, ningún viento dejó de soplar. El segundero del reloj siguió corriendo y la música del mundo no se detuvo.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Mis secretos
El fuego es definitivo.
Todo lo que toco, cambia.
Tu lugar es otro.
No sé qué sol bajar; qué luna subir.
No sé cómo alcanzarte.
En mis manos tu piel es humo.
Todo lo que toco, cambia.
Tu lugar es otro.
No sé qué sol bajar; qué luna subir.
No sé cómo alcanzarte.
En mis manos tu piel es humo.
lunes, 3 de junio de 2013
Tiempo
Quiero que tengamos mucho tiempo
para armar historias y una infancia vieja
que nunca tuvimos, pero siempre hay tiempo;
tiempo de crearnos un pasado nuevo.
Sólo por jugar, sigamos con el juego:
¿Quién dice que no se puede armar de cero?
Que el futuro va delante, es un invento.
No existió un secreto que nos alejara;
siempre estuve ahí si me necesitabas.
Cerca tuyo, no me daba miedo nada.
Nadie nos quitó retazos de pasado,
ni pasamos tanto tiempo separados.
para armar historias y una infancia vieja
que nunca tuvimos, pero siempre hay tiempo;
tiempo de crearnos un pasado nuevo.
Sólo por jugar, sigamos con el juego:
¿Quién dice que no se puede armar de cero?
Que el futuro va delante, es un invento.
No existió un secreto que nos alejara;
siempre estuve ahí si me necesitabas.
Cerca tuyo, no me daba miedo nada.
Nadie nos quitó retazos de pasado,
ni pasamos tanto tiempo separados.
lunes, 1 de abril de 2013
Hasta la próxima
No es una circunstancia triste.
... El problema es despertar.
Las promesas son contratos sin firma.
... El problema es despertar.
Las promesas son contratos sin firma.
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